Hay inviernos que dejan marca. En el Fundo La Pampita, en el valle de Mañihuales, la temporada fría llegaba con todo: escarcha antes del amanecer, agua que se congelaba en los bebederos y, en los años más duros, nevadas que cubrían el potrero de blanco durante días. Estas fotos son de 2015 y 2017 — dos inviernos que todavía se recuerdan.
Amanecer de invierno en el Fundo La Pampita, 2015. La escarcha cubre el jardín y los cerros aún están en sombra.
El invierno de 2015 llegó con heladas persistentes. El pasto blanco desde temprano, la casa cubierta de escarcha, el sol saliendo tarde detrás de los cerros. En esas mañanas el trabajo no para: los animales necesitan agua, las colmenas hay que revisar, el Fundo sigue su ritmo aunque el termómetro marque varios grados bajo cero.
Los alrededores de la casa en el invierno de 2015. Las cortinas cortaviento todavía jóvenes al fondo del predio.
Junio de 2017 fue otra cosa. La nieve llegó de verdad y en cantidad: los potreros quedaron sepultados y las cortinas cortaviento — todavía jóvenes en esa época — apenas asomaban sobre la capa blanca. Trabajar en esas condiciones tiene su propia lógica: moverse despacio, proteger a los animales, asegurarse de que las estructuras aguanten el peso. El Fundo en invierno exige presencia constante y criterio. Esos inviernos, con toda su dureza, también tienen algo que los hace memorables: el silencio, la claridad del cielo después de la tormenta, el predio convertido en algo que parece ajeno y propio al mismo tiempo. En Aysén, nevadas como esas son hoy menos frecuentes. Cuando llegan, el Fundo vuelve a ese estado que es difícil de olvidar.
Junio de 2017. La nieve sepulta el potrero y las primeras cortinas del sistema agrosilvopastoril del Fundo La Pampita.